Estudiar con IA nos baja la nota (si no lo hacemos bien)

Estudiar con IA nos baja la nota (si no lo hacemos bien)

Eso va quedando claro una y otra vez en la literatura científica. Por ejemplo en un informe de pisa, analizado por David Gerard, autor de Pivot to AI.

Los dos artículos presentan una conclusión incómoda para quienes utilizan la IA como atajo académico: los estudiantes que recurren más a ella no obtienen necesariamente mejores resultados; de hecho, los alumnos que la usan poco o nada aparecen por delante en rendimiento, comprensión y otras medidas educativas.

El informe relacionado con PISA señala que el problema no es la IA en sí, sino cómo se utiliza. Cuando sirve para sustituir la lectura, el razonamiento o la elaboración de respuestas, puede producir trabajos aparentemente correctos, pero menos aprendizaje real. El estudiante obtiene la solución, pero se queda sin el proceso mental que conduce a ella. Una especie de comida precocinada intelectual: rápida, cómoda y con dudoso valor nutritivo.

El segundo artículo insiste en esa misma idea: los estudiantes que no utilizan IA aventajan a quienes la utilizan en prácticamente todos los indicadores analizados. La interpretación es que el uso intensivo puede estar asociado a una mayor dependencia, menor esfuerzo cognitivo y menor desarrollo de habilidades propias. Dicho de otro modo, quien deja que la máquina piense sistemáticamente por él acaba practicando poco el noble deporte de pensar.

Utilizar inteligencia artificial no garantiza aprender más.

De hecho, los datos de PISA apuntan a una paradoja bastante incómoda: los estudiantes que más utilizan la IA suelen obtener peores resultados académicos que quienes la utilizan poco o nada.

Como puedes ver en este post de Pivot to AI: los alumnos que no recurren a estas herramientas aparecen por delante en prácticamente todas las medidas analizadas.

El problema aparece cuando se utiliza como sustituto del esfuerzo intelectual: “hazme el ejercicio”, “resúmeme el tema”, “escribe la respuesta”. 
Así se consigue una respuesta rápida, pero no necesariamente conocimiento.

Es la versión académica de pagar una cuota de gimnasio y considerar que ya estamos en forma.

En GADE esto es especialmente relevante. En la universidad no basta con obtener una respuesta que suene razonable: hay que comprender el problema, identificar los datos importantes, aplicar conceptos, justificar las decisiones y detectar cuándo una conclusión es absurda aunque venga envuelta en prosa impecable.

La IA puede redactar con mucha seguridad una explicación completamente equivocada, que es una habilidad que algunos humanos ya dominábamos antes.

Por eso el tutor de IA que se incorporará al Moodle no está pensado para hacer los trabajos en vuestro lugar. Estará basado en el material de la asignatura y en los contenidos que utilizamos en la plataforma, con un sistema RAG que le permitirá responder apoyándose en esos documentos, no en ocurrencias aleatorias de internet. Pero que consulte el material no significa que sus respuestas sean automáticamente perfectas ni que consultar al tutor equivalga a estudiar.

La forma inteligente de utilizarlo será pedirle cosas como:

– que explique un concepto con otro ejemplo;
– que compare dos teorías o modelos;
– que proponga preguntas para comprobar si se ha entendido un tema;
– que detecte lagunas o contradicciones en un razonamiento;
– que haga de interlocutor en la resolución de un caso;
– que critique una respuesta propia sin reescribirla entera;
– que indique en qué parte del material se apoya una explicación.

La forma menos inteligente será copiar la primera respuesta, pegarla en una tarea y confiar en que el detector de humo académico esté de vacaciones.

El objetivo no es que la IA piense por vosotros, sino que os ayude a pensar mejor, más deprisa y con más criterio.

La diferencia fundamental está entre usarla como muleta y usarla como entrenador.

La muleta evita que trabajes; el entrenador te obliga a mejorar.

Si la IA os entrega directamente la solución, quizá ganéis diez minutos hoy y perdáis comprensión para el examen, las prácticas o la vida profesional. Si os ayuda a formular mejores preguntas, contrastar argumentos y revisar errores, puede convertirse en una herramienta muy útil.

 

Estudiante universitario de la UIB

Música para estudiar

Lo cierto es que, aunque el efecto de la música sea el de aumentar el ánimo, cuando ejecutamos tareas mentales la capacidad de carga cognitiva -de la que hablamos en otras entradas de este blog- que puede asumir nuestro cerebro es limitada.

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